Alofoke quiere el poder
Mercedes Almonte
República Dominicana tiene una historia que no comenzó ayer, ni fue construida desde una pantalla, un micrófono o una plataforma digital. Nuestra nación ha sido levantada con el sacrificio, la inteligencia, la valentía y la dignidad de hombres y mujeres extraordinarios.
Ahí están Juan Pablo Duarte, Gregorio Luperón, Salomé Ureña, Pedro Henríquez Ureña, José Francisco Peña Gómez, Manolo Tavárez Justo y las hermanas Mirabal, entre tantos otros hombres y mujeres que, desde diferentes trincheras, entregaron conocimiento, pensamiento, sacrificio y hasta sus propias vidas por una República Dominicana más libre, más justa y más digna.
Duarte nos dejó el pensamiento de una nación soberana. Luperón defendió la República con las armas y con el coraje de quien entendía el significado de la libertad. Salomé Ureña convirtió la educación en una herramienta de transformación. Pedro Henríquez Ureña elevó el pensamiento dominicano mucho más allá de nuestras fronteras. Peña Gómez representó una de las voces políticas más importantes de nuestra democracia. Manolo Tavárez Justo encarnó la resistencia frente a la dictadura. Y las hermanas Mirabal se convirtieron en símbolo universal de dignidad, valentía y lucha por la libertad.
Ese es nuestro legado. Esa es la vara con la que deberíamos medir a quienes aspiran a conducir el país.
Por eso resulta doloroso observar cómo determinados nuevos relevos, sin la preparación, la trayectoria, el conocimiento histórico, la experiencia política o la formación necesaria, pretenden ocupar el espacio público desde la estridencia, la provocación y la popularidad, como si la notoriedad mediática fuera suficiente para convertirse en estadista.
No se trata de impedir que nuevas generaciones participen en política. Todo lo contrario: una democracia necesita renovación. Pero renovar no significa borrar la experiencia, despreciar la preparación ni confundir fama con capacidad.
Lo verdaderamente preocupante es pretender opacar vidas brillantes y trayectorias históricas con el simple ruido de una plataforma mediática.
La República Dominicana no puede medir a sus futuros gobernantes por la cantidad de seguidores que poseen, por la capacidad de generar polémicas o por el volumen de sus discursos. Un país se gobierna con conocimiento del Estado, preparación, principios, visión, equilibrio, respeto institucional y, sobre todo, con una profunda comprensión de la responsabilidad que significa tener millones de vidas en las manos.
Y aquí es donde aparece la gran contradicción: quien pretende presentarse como futuro dirigente nacional debería comenzar demostrando respeto por las personas que tiene bajo su propia responsabilidad. Quien no sabe ejercer autoridad sin atropellar, humillar o afectar la dignidad de quienes trabajan para él, difícilmente puede pretender administrar con madurez los intereses de todo un pueblo.
La República Dominicana no es un canal de televisión. No es un programa de entretenimiento. No es una plataforma para experimentar con el poder.
Una nación tiene Constitución, instituciones, economía, salud, educación, seguridad, relaciones internacionales y ciudadanos que merecen ser gobernados con seriedad.
Por eso, al supuesto fenómeno llamado “Alofoke”, habría que recordarle algo que parece haberse olvidado:
La popularidad no es preparación.
La audiencia no es experiencia.
El dinero no es liderazgo.
La provocación no es valentía.
Y una plataforma mediática no convierte a nadie en estadista.
Que nadie pretenda convencernos de que el futuro de una nación puede construirse desde la improvisación y el ego mientras se intenta relegar al olvido el legado de quienes verdaderamente entregaron conocimiento, sacrificio y vida por la República Dominicana.
Porque si hemos de hablar de relevos, hablemos entonces de relevos a la altura de nuestra historia.
Que quienes pretendan dirigir la República Dominicana estén preparados para caminar junto a la grandeza de Duarte, Luperón, Salomé, Pedro Henríquez Ureña, Peña Gómez, Manolo y las Mirabal; no para intentar hacer sombra sobre ella.
Nuestro país merece nuevas generaciones, sí.
Pero nuevas generaciones con capacidad, principios, formación, trayectoria y dignidad.
Porque la Presidencia de la República no es un premio a la fama.
Es una responsabilidad histórica.
Mercedes Almonte.
